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Esta vez, David Blizzard de Sealand describe los desafíos de una estadía más larga en el Principado

“MAREA ALTA Y HIERBA VERDE”

Todo está muy bien cuando haces un viaje de un día a Sealand, con permiso previo y aprobación, por supuesto. Una visita relativamente simple y breve de un día permite a uno presenciar unas cuantas horas de revuelo marino, junto con una breve (pero a menudo alucinante) exploración de este micropaís único hecho por el hombre, y experimentar por uno mismo cómo es en realidad estar ahí físicamente, y reflexionar sobre los tiempos de guerra y los dramas posteriores que previamente arruinaron el lugar.

Y luego, navegar de regreso a un puerto europeo continental, para disfrutar de las “normalidades” del pub, del restaurante, de los sistemas de transporte y otras comodidades domésticas de la vida cotidiana.

Sin embargo, quedarse en Sealand durante un período más largo presenta una mentalidad completamente diferente de desafíos y perspectivas; de hecho, un paradigma diferente de supervivencia emocional, aislamiento y comunicación. A pesar de la desventaja de estar tan alejado del lugar de vida habitual, una estadía más larga en la fortaleza puede permitirle a uno la oportunidad de absorber una calma única, que de otra manera no sería tan fácilmente accesible en tierra firme.

Aunque hay que tener siempre en cuenta que Sealand no es para todos, y el hecho de que algún personal de la guerra que prestó servicio en el ex Fuerte Marino en realidad se volvió loco muy rápidamente allí, ese también puede ser un momento para reflexionar, hacer introspección y ejercitar un plano más elevado de espiritualidad y otros niveles de conciencia, mientras se continúa con el trabajo sin demasiadas distracciones.

Es un lugar que está obviamente tan cerca, y a la vez tan lejos de las atracciones de la tierra. Para acuñar la conmovedora letra de la estrella de rock Alice Cooper en su canción sobre una hermosa dama que estaba a la vista, pero fuera de su alcance: “Podrías también estar en Marte”.

Antes de describir mis emociones, miedos y desafíos personales sobre un encantamiento prolongado en Sealand, vale la pena mencionar de pasada que, después de mis innumerables y cortas visitas al Principado desde mediados de los años noventa del siglo pasado hasta la actualidad (ayudando principalmente en una amplia gama de temas relacionados con los proyectos de comunicación, promoción y medios), como silándico activo, inevitablemente me llegó la necesidad de prolongar la magia, debido a la logística para la cual yo era específicamente necesario en ese lugar.

En esta coyuntura (y como les habrá pasado a muchos visitantes oficiales a Sealand), en uno de mis viajes de un día anterior, terminé varado allí por al menos cuatro días o más: en una ocasión en particular, no hace mucho tiempo, después de arribar al fuerte, y mientras el pequeño barco se alejaba impetuosamente, las cinco horas que transcurrieron generaron un cambio importante en el comportamiento de los elementos naturales. El tranquilo viento contra la marea explotó en un oleaje, creando fuertes corrientes esquizofrénicas muy visibles.

En lo que pareció ser como 15 minutos, el viento cambió de SSW 3 a NE 6 o 7; la luz menguó; empezó a lloviznar; la costa del Reino Unido desapareció por completo; las gruesas nubes negras brillaban con un desenfrenado intercambio de relámpagos de sonido metálico; y de repente ¡quería a mi madre! Genial. ¡Justo lo que se necesita cuando se uno debe estar en Londres para una reunión importante a las 10.00 horas de la mañana siguiente!

Sin embargo, la suerte me acompañaba en esa ocasión, y el capitán a cargo estaba en su habitual excelente forma y se enteró de la inminente catástrofe barométrica con el tiempo (casi) suficiente, así que zarpó a toda velocidad desde su lugar de anclaje de pesca cerca de las aguas holandesas, a tiempo para sacarnos de la fortaleza, en ese momento, a mí y a otra alma valiente, antes de que las cosas se pusieran demasiado difíciles.

Poco después, mientras bajaban la silla de contramaestre, el barco se balanceo 50 pies debajo de nosotros, como un corcho de champán en una olla de agua hirviendo. El viento se convirtió en un huracán suicida, y fue gracias a la destreza del hábil capitán y la habilidad del silándico que controlaba el cabrestante que indudablemente hizo posible que llegáramos a casa. Todo se sintió un poco como el programa de televisión de entretenimientos de 1960,“The Golden Shot”con Bob Monkhouse: “un poco hacia la izquierda; un poco hacia la derecha; un poco más hacia la derecha; ¡DISPARA!”, o ¡SALTA! En este caso, había que decirlo en el lugar INCORRECTO del barco, pero al menos era EN el barco ¡y no el océano!

Qué alivio. Todo terminó bien, pero la combinación del hedor de los vapores diésel de un motor marino con exceso de trabajo, el mar con sus “caballos blancos” y el tufo de mariscos recién capturados, no hicieron que sea el mejor viaje al aire libre, de regreso a Felixstowe (Reino Unido), esa tarde más bien siniestra.

De hecho, después de media hora, el clima y el mar se alteraron tan espantosamente, que no habría habido forma de intentar una salida de Sealand, ese día. Era un martes, y la tan baja presión y el terrible clima, que llegaron mucho antes de lo esperado originalmente, duraron hasta el sábado.

Sin embargo, me he desviado del tema. Lo que acabo de escribir es pertinente para describir el escenario de riesgo (por llamarlo de alguna forma) del tema principal de este breve artículo, vis-à-vis las experiencias vividas durante una estadía más larga: Sabiendo que debía estar en Sealand entre 7 y 10 días en febrero, y no hace mucho tiempo, me puse a planificar las necesidades personales para pasar por primera vez una estadía más larga, en esta ahora internacionalmente famosa y remota fortaleza hecha por el hombre.

Me incliné por adoptar un enfoque pragmático sobre esta aventura particular, para mantenerme tan indolente como sea posible de principio a fin, sobre la base de que nunca sabría cuándo (o sí) de repente tendría que recurrir a mis reservas de energía personales por el bien de la supervivencia en ese lugar, incluso si fuera solo mi paranoia trabajando horas extras.

Por ejemplo, planifiqué meticulosamente mi equipaje y los efectos personales dentro de este, con el fin de facilitar el viaje con la menor carga posible.

Siempre consciente de que sería parte de un pequeño grupo “especialistas” de comunicaciones por alrededor de una semana, con un set específico de tareas en el Mar del Norte, no podía dejar de preocuparme por el hecho de que, por ejemplo, la farmacia en Sealand era relativamente pequeña, si alguna vez la necesitaba; y, aunque mi salud es razonablemente buena, el sentido común debe prevalecer en al momento de disponer de mi “posiblemente necesaria” medicación que, aunque no hubiese pestes ni invasiones armadas, me ayudaría en días inciertos de anticipación febril.

El apuro de empacar mis pertenencias con rapidéz me trajo un muy evidente de ja vu, ya que de repente me di cuenta de que había hecho este tipo de cosas antes, en relación con mis sesiones de tiempo parcial para una estación de radio pirata en alta mar, a fines de los 1980. Ciertamente, aquello había sido bastante diferente; es decir, un barco oficialmente mal visto, con cuartos atestados de gente y húmedos, literas y arreglos de licitación frustrados, gracias al capricho político del momento.

ESTE viaje, sin embargo, no tendría relativamente trabas, y era ciertamente “legal”, en lo que respecta a las autoridades del Reino Unido y de Europa.

Por lo tanto, supongo que la carrera a esta mini aventura probablemente no era tan difícil como podría haber sido sin el aprendizaje en un barco de Radio Pirata, también situado en el Mar del Norte. Pero al menos en Sealand, los mareos no serían un problema.

Para comenzar mi extensa visita a Sealand, la pequeña figura macabra de un pequeño buque pesquero en un puerto del Reino Unido igualmente pequeño parecía ser bastante alienígena al principio, cuando llegué al muelle antes del amanecer. Pero el extraño sonido de una gaviota, la briza quieta pero leve y el cielo abierto iluminado por la luna, fueron como un santuario para mi alma mientras estuve solo durante esa sombría mañana a mitad de semana.

Algunos otros pequeños barcos iluminaban su camino a lo largo de la muralla del puerto y hacia el mar abierto, con un propósito desafiante, pero a la vez indiferente, sobre cada uno de ellos. El pronóstico climático determinaba aún otra caída barométrica, haciendo de ese un viaje de alguna manera punitivo a través de otro paisaje marino intolerable.

De pie en el muelle, sentí una necesidad de súplica de mí hacia uno o dos de esos pequeños barquitos que no mostraban sus luces correctas mientras emprendían un viaje tumultuoso hacia las habituales zonas pesqueras.

Lejos está la intención de criticar. No soy pescador o barquero, solo un pasajero cansado y nervioso, que pronto estaría a bordo de una pequeña embarcación a un destino único. ¡”Un lugar donde reina la felicidad durante todo el año”, etc.!

Encontré el pequeño barco esa mañana, como me había prescripto un funcionario de Sealand, dos días antes. El puerto tenía la inquietante actividad habitual de las tempranas horas de la mañana, para decir lo menos; aunque pordía ser normal, para algunos temerosos del mar.

Sin embargo, la brisa NNE me causó un escalofrío que atravesó mi columna, encapsulando una preocupación que era difícil de extinguir; el de un barómetro descendente, una vez más, mientras estaba en alta mar….

Parte 2 – Próximo mes…

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