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Una estancia más larga en el Principado – Parte 2

“MAREA ALTA Y HIERBA VERDE”
Parte 2

Después de la laboriosa carga de suministros y elementos esenciales en el barco (una actividad vital, no valorada y frecuentemente olvidada, sinónimo del éxito operativo del Principado), pronto nos pusimos en marcha. Una vez fuera de los límites del puerto, el capitán aumentó las revoluciones para poner el barco a una relampagueante velocidad de alrededor de 12 nudos. En realidad, con un poco de agua hirviendo para hacer temprano por la mañana un té en una taza hecha de esmalte, y algunos sándwiches de pasta de pescado ya preparados, la escena estaba lista para el viaje más relajante a una velocidad tranquila, hacia el inminente amanecer.

Sin embargo, me aventuraría a afirmar que me estaba invadiendo cierto grado de ansiedad; que asociaba al hecho de que la decreciente costa detrás de mí sería mi hogar por algún tiempo. Aunque estaba bastante familiarizado con la fortaleza, sentí que estaba navegando hacia lo desconocido. El ingeniero de turno de Sealand fue contactado por radio; era la confirmación de que todo estaba listo para nuestra inminente llegada alrededor de las 7:30 UTC. El sol había salido maravillosamente en un cielo ahora despejado.

Como era de costumbre para ese tipo de viaje, las mercancías que debían ser elevadas con grúa fueron clasificadas en grupos lógicos, y en sacos muy pesados (que antes habían sido usados para escombros) con ganchos para anillos. Después de dos horas de haber zarpado, estábamos junto al fuerte y la cadena ya estaba cerca de la línea de flotación, con un entusiasta silándico en los controles, que miraban sobre el borde.

Mi artículo anterior en este sitio web describía en detalle las pruebas y tribulaciones de ascender uno mismo y las pertenencias (y otros bienes) hasta la fortaleza, así que no volveré a describir eso aquí.

Después de intercambiar las habituales cortesías de llegada con aquellos por ahí que ya estaban despiertos, tomé más té y más desayuno, esta vez, uno cocinado. Mientras veía mi taxi marino alejarse hacia Holanda, tuve una sensación de aislamiento insuperable al saber que, esta vez, el barco no regresaría ese día.

Tan solo para desviar mi mente del hecho de que mi familia, negocio y posesiones estaban ahora a 12,2 inaccesibles millas náuticas de distancia, en línea recta, sobre la cultivable hierba verde verde de mi hogar, dentro del horizonte aún visible, quería romper con mi trabajo allí, en este lugar de pilotes que mágicamente se negaba a balancearse y mecerse incluso en un mar turbulento.

Fuera de “The Row” y dentro de las entrañas del tramo sur, las relucientes y destellantes luces azules de los servidores y del equipo asociado, en estas habitaciones aún muy clínicamente limpias, estaba en desacuerdo con la impresión exterior del Principado. Un caso clásico de “nunca juzgues un libro por su cubierta”. El papeleo relacionado con mis tareas era abundante, con encabezados que subrayaban la omnipotente hegemonía de la jerarquía de Sealand.

Mi tarea implicaba la elaboración y redacción de módulos técnicos y de comunicación, para fomentar la mejora continua de los Principados, en las operaciones diarias y futuras. Por favor, discúlpeme por ser algo reticente y reservado respecto a esto, ¡pero lo dejaré así! Sin embargo, todo tenía que hacerse correctamente, con el fin de evitar que después un nivel superior me critique.

Con el mandato de completar el trabajo lo antes posible, junto con mi deseo de apaciguar a la Realeza de Sealand con la esperanza de futuras comisiones basadas en tierras, trabajé a toda máquina y el tiempo voló. Los otros dos muchachos involucrados en el proyecto se unieron a mí alrededor del mediodía. Su excusa por la tardanza en llegar a la cubierta fueron las largas horas de trabajo del día anterior en el mismo compromiso, y en busca del mismo resultado.


Siguieron unos días de rutina casi simétrica y rítmica: levantarse (con una antorcha, por si acaso) desde una cómoda cama situada a mitad de camino en el tramo norte; a la ducha para lavarme y afeitarme; a la cocina (algunos más conservadores prefieren “galley”) para un desayuno o almuerzo de autoservicio; bajar a la oficina de nuevo para otra tarea; almuerzo tardío de nuevo arriba; más trabajo de desarrollo en la tardecita; y luego a devorar una cena sustancial de la que mi abuela habría estado orgullosa. Después de eso, era hora de desmoronarse en el salón para ver las noticias y otras cosas en la televisión; llamar a casa por teléfono o Skype; y tal vez pasar media hora en la bicicleta de ejercicio que se encontraba en el nivel de abajo.

Al tercer día, sin embargo, después de mirar la burbujeante costa del Reino Unido probablemente 1000 veces,
comencé a sentirme natural y extremadamente amoroso, hasta el punto de que incluso una gaviota pasajera se volvía atractiva.
Los otros dos muchachos que trabajaban conmigo en este proyecto, un italiano llamado Guido Lantaccini y un holandés conocido simplemente como “Hans de PC”, eran de una disposición introvertida pero bastante agradable; probablemente esa fue la razón por la que terminamos más rápido de lo planeado.
Sin embargo, mi bête noir mientras estaba allí era el aislamiento de mi familia y, con el tiempo, de una amplia gama de otras personas; pero esto era algo que había predicho, habiendo estado antes en el mar por períodos cortos, aunque no en un barco.

Como el alcohol
estaba oficialmente prohibido (y por lo tanto fuera de los límites para este breve artículo), comencé a fumar más (tabaco), especialmente debido a que el trabajo concluyó antes. En los últimos cuatro o cinco días, el clima alrededor de Sealand estuvo un poco variable pero, por lo que sé, no hubo tormentas fuertes. Si hubo mal tiempo, no oí hablar de esto al personal de soporte y seguridad; y yo personalmente no habría sido necesariamente testigo de cualquier inclemencia climática mientras me encontraba en alguno de los dos tramos, de todos modos. Todo lo que pude oír cuando me acosté fue el golpeteo de las olas contra la gruesa muralla cilíndrica.

Mi deseo innato de ir a casa pronto se volvió bastante agravante. Para el noveno día, ya les comencé a preguntar a los habituales silándicos, con una frecuencia molesta, el pronóstico meteorológico para las próximas 48 horas, para prepararme para la salida a casa. Mi familia estaba inicialmente contenta de que yo estuviera lejos de ellos por un tiempo; ¡ahora, simplemente querían que vuelva!

El último día lo pasé relajado y al aire libre lo más posible, aunque estaba demasiado frío para estar afuera por mucho tiempo. La última noche celebramos a escondidas con (me atrevo a decirlo) un poco de vino de arroz japonés y una carne de ternera Bourguignon preparada exquisitamente. Luego me retiré a la sala de estar para ver algunas “películas”, sobre todo con títulos azules.

La última noche no fue una noche fácil, por una razón. El sueño no vino naturalmente, incluso en la quietud del tramo norte. Mientras escuchaba el “splash, splash” del océano contra el fuerte, y me preguntaba si el clima de repente explotaría evitando la salida de regreso a la rústica tierra firme, estaba ansioso por no despertar a tiempo para la programado tierna salida a las 8:00 horas UTC, a pesar de haber puesto tres alarmas a las 6:00: una en mi reloj, una en mi radio portátil de onda corta (que obviamente no funcionaba en el dormitorio), y una en mi reproductor de MP4.

Me dormí superficialmente durante probablemente una hora, antes de los inevitables bips ensordecedores de las alarmas. Encendí la luz. No había luz. Así que volví a encender la antorcha, junté mis cosas y subí cuidadosamente la escalera. En la cocina ya estaban Guido y Hans (quienes saldrían conmigo), y el siempre fiel Michael Barrington y el magnífico aroma de salchichas y huevos que estaba cocinando. Hervía una tetera con agua en la estufa de propano, mientras la radio de la banda marina comenzó a sonar con la voz del capitán que llamaba a Michael para que fuera a su posición, y el tiempo estimado de arribo a la fortaleza. Después de la breve respuesta de Michael, se hizo evidente que el barco estaba situado aproximadamente a una hora de distancia al norte de la fortaleza, que se estaban realizando las últimas tareas de un viaje de pesca nocturno, y que estaban esperando el amanecer antes de venir a recogernos a los tres.

Al mirar hacia afuera observé que el mar estaba calmo, la visibilidad era moderada y el viento aparentemente era del suroeste (SW 2 o 3); así que, no era tan malo en absoluto.

Cuando había claramente amanecido, la agradable pero vociferante charla entre nosotros fue interrumpida por el contacto de radio desde el barco, nuevamente: “¡20 minutos!”.
Después de reunir nuestras pertenencias y otros materiales y equipos para el Reino Unido, afuera en la “cubierta”, pronto pudimos ver el punto que sería nuestro taxi marítimo a casa. Y antes de que lo supiéramos, un poco antes de lo planeado, bajamos con cuidadosa precisión al buque pesquero, después de bajar las mercancías, y nos dirigimos al puerto.

Después de un rápido saludo al Sr. Barrington, y sintiéndome muy cansado ya a esa altura, bebí el café del viaje de regreso con gusto, y un cigarrillo me ayudó un poco a seguir despierto. La abundante captura del capitán era de cangrejos y langostas, la que sería preparada y organizada durante el camino a casa por su pequeña tripulación. Una llamada a casa con mi teléfono celular desde el Mar del Norte aseguraría la llegada del transporte por carretera que me llevaría a mi hogar.

Al momento de llegar a Harwich, había una leve llovizna; el muelle estaba inusualmente tranquilo, pero era febrero y hacía frío. Mi auto, con mi esposa al volante, me esperaba cerca, y pronto partimos hacia el bar; bueno, eran casi las 11:00 horas.

Una vez de regreso en mi ambiente habitual, era hora de reflexionar una vez más, pero esta vez en lo que había sido un viaje muy satisfactorio a un lugar que, entre otras cosas, le enseña al ser humano un respeto por los elementos naturales, y a ver el estrés de la vida cotidiana con una perspectiva saludable Y ¡desde la distancia!

David Blizzard.

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